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viernes, 1 de enero de 2016

De las formas de amar: de los entrenamientos o del amor incondicional o amar a pedazos,

Cita con el libro del momento...

<<¿No sabes lo que un marido se merece?» Para evitar estériles controversias sobre las respuestas correctas a esas preguntas, permítaseme decir que, en opinión de mi madre, un marido merecía una lealtad incondicional y un amor total y sin reservas. Pero había una dificultad: Amina, con la mente obstruida por Nadir Khan y el insomnio, descubrió que no podía proporcionar a Ahmed Sinai, de forma natural, esas cosas. Y por ello, poniendo a contribución su don de diligencia, comenzó a entrenarse para amarlo. Para ello, lo dividió, mentalmente, en cada una de sus partes componentes, tanto físicas como de conducta, compartimentándolo en labios y tics verbales y prejuicios y gustos... en pocas palabras, quedó bajo el embrujo de la sábana perforada de sus propios padres, porque resolvió enamorarse de su marido pedazo a pedazo.>>

Rushdie, Salman. "Hijos de la medianoche"

miércoles, 13 de febrero de 2013

Sobre mi amor...



Sobre mi amor que a veces tiene forma de mazapán.

Para el dueño de mis quincenas, claro... Sí las tuviera.
😜

Hoy, y no porque sea 14 de febrero, les hablaré de mi amor, del amor mío, no sé de otro, no sé del otro, de los otros, de los demás, del de ustedes. Ahora nomás les puedo dar cuenta de este amor mío, desde este amor que se produce aquí dentro. Así, les hablo desde muy dentro, desde las tripas, la sangre, los órganos básicos y, como en los últimos tiempos -semanas, meses, ya puedo decir años-, les puedo decir: escribo (hablo) con la mente lúcida y el corazón bien abierto.

Entonces les diré que mi amor no es de 24 horas, ni de 7 días a la semana, ni de semana inglesa, ni de fines de semana, ni de meses, ni de navidades, ni años nuevos. Debo decir que mi amor, no tiene tiempo ni espacio y así es como existe. Es cierto, mi amor se construye en cada ausencia y se consuma en cada encuentro.

Y va de nuevo, mi amor no se mide con tiempo y, ahora que lo pienso, no recuerdo cuándo empezó y, cada vez, aparece y parece como la primera vez.

Y lo he dicho infinidad de veces: mi amor no tiene estatus, ni fórmula, ni apodo, ni marca social, lo que sí, es que tiene un depositario.

Mi amor no nace del deber, más bien se forja en cada sonrisa, cada paso, cada abrazo, cada gesto, cada canción, cada baile, cada encuentro.

Mi amor no planea, descubre, sorprende, aunque a veces, a veces, a veces… y muy desde dentro anhela.

Mi amor me inspira a construir, proyectar y dar lo mejor de mí a través de una palabra, una canción, un abrazo profundo y hundido, una camisa de cuadritos de colores, una gorra color ladrillo, un mazapán en forma de corazón, una gran sonrisa desde dentro.

Descubrir este amor me hizo más fiel a mis principios de vida, a mis anhelos de bienestar, a mis ganas de estar-bien. Y, no duden, me hizo más fiel a mí y luego a todo lo demás.

Con este amor me inundo y me derramo los ojos de tanta alegría, gozo, retozo. Y me inundo y derramo, porque sino estoy segura que el corazón y el alma me estallarían de tanta alegría.

Con este amor aprendí a tener silencios prudentes-sensatos, pero más me ejercito en hablar, expresar, decir, mostrar, a dar todo este amor que traigo aquí dentro y que es lo que es: no sé si es mucho o es poco, pero sé que me alcanza para dibujarme una gran sonrisa cada vez que lo pienso, pero también para que no me duela ni sufra sí hay ausencias.

Este amor nomás de pensarlo, y ya no les digo de sentirlo, me inunda de alegría todito mi ser.
Ya pues, no escribiré un poema para este amor, tampoco cantaré una canción, ni bailaré un vals, ni compraré un globo, ni escribiré una carta. No hace falta, porque aunque resulte raro, y lo diga poco, baste con decir: tengo un gran amor y lo traigo aquí dentro.


((NOTA: Este texto es producto de una serie de reflexiones pasajeras -no de efímeras-, sino de pasaje-pasaje, de ser pasajera en el transporte público de la ciudad. Es en estos tiempos cuando tengo chance de leer, anotar, meditar, reflexionar, mandar mensajes y a veces hasta escribir. Un día tendré tiempo de dar forma a estas notas y escribiré un libro sobre… sobre… Las cosas para compartir, así como el amor, el trabajo, las historias de ciudad, las historias de vida, las historias de dolor y otras cosas, y así… así… hasta que se termine un libro completito)).


jueves, 10 de mayo de 2012

De la confianza


Confianza: se dice de capacidad de creer plenamente en otro.

—¿Entonces Kimiko le dijo que tenía un amante?
—Resumiendo, eso es. Dada mi posición, no me es posible darle una información más detallada —dijo Malta Kanoo.
Gemelos, Edificio Relaciones Exteriores,
Centro Histórico, mayo 2012
Suspiré. No solucionaba nada haciéndolo, pero no puede evitarlo.
—¿Entonces hacía tiempo que Kimiko se venía con este hombre?
—Creo que hacía dos meses y medio, más o menos.
—¡Dos meses y medio! En dos meses y medio, ¿cómo es que no me había dado cuenta de nada?
—Porque usted, señor Okada, tenía plena confianza en su esposa —dijo Malta Kanoo.
Asentí.
—Tiene usted toda la razón. Una cosa así no se me habría pasado por la cabeza. Jamás hubiera pensando que Kumiko pudiera mentir de ese modo y, la verdad, aún no acabo de creérmelo.
—Resultados aparte, la capacidad de creer plenamente en otro es uno de los valores más bellos del ser humano —dijo Malta Kanoo
Un valor más bien escaso —Admitió Noburo Wataya.

[[De uno de los libros del momento: Murakami, Haruki (2001). Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. México, TusQuet, p. 284. negritas mías]]

lunes, 2 de enero de 2012

Del dolor y otras cosas

Esta historia se la compartí a una gran amiga hace algunos años, la he compartido a otros amigos y ahora se las dejo a ustedes. A propósito de los duelos, el dolor y otras cosas.

Querida amiga

Estupa, Valle de Bravo, Toluca.
Día de buenas búsquedas y mejores intenciones
Lamento mucho por lo que pasas, tu dolor por el rompimiento con el ser amado me hizo recordar parte de mi historia, la cual te comparto ahora.
La última vez que vi Antonio descubrí como la mente produce el dolor. Antonio había sido el gran amor de mi vida, es un hombre extraordinario, pero ya fue, ya paso, ya no está más conmigo. Y te cuento.
Hace unos años tuve un accidente automovilístico, el cual me llevo a ver mi vida, toda mi vida, en fracciones de segundo y fue como una sobreposición de imágenes, de fotografías, todo paso al mismo tiempo.
Del accidente me quedaron, además de dos molestas fisuras en costillas y un esguince en cervicales, seis meses de inactividad física y de rehabilitación, y muchas tareas.
Durante el accidente, en ese instante cuando sentí que la vida se me iba, vi cosas: a mí, a mi familia, a mis amigos y, por supuesto, al ser amado: Antonio. Ver mi vida en un instante me permitió, primero dar gracias Dios por mi vida y luego fue un estate quieta ¿a ver si es cierto que puedes estar sin el yoga y si el baile? ¿será que puedes estar en silencio y sin moverte? Esta fue la primera lección.
Ese diciembre, sola en casa, inmovilizada le hablé a dos o tres personas para decirles gracias, te quiero, tengo ganas de verte, es decir hice cosas que tenía pendientes y me prometí no volver a dejar de decir nada y menos lo que sentía, no fuera que la vida se me fuera y me quedará con las ganas de…
Así, después de 2 años de no saber nada Antonio, de no hablar con él, me pregunte por él y muchas otras cosas: ¿Será que ya se nos acabo el amor? ¿Será que ya no podemos estar juntos? ¿Será feliz? ¿Será que podemos recuperar algo? ¿Será que podemos intentar volver a estar juntos?
Sólo había una manera de saberlo: hablar con él. Ni su teléfono tenía, lo conseguí a través de una “amiga” común, pero fue tan difícil marcar para hablar con él. Al principio la conversación fue tan torpe, tan desajustada, tan de monosílabos, pero por fin le propuse ir a comer para platicar. Así, salí aquel viernes de mi oficina rumbo al Centro Histórico rumbo a mi cita con el destino.
Me esperaba en un bar, estaba sentado en la barra tomando su whisky, nos miramos a los ojos buscando no sé cuántas cosas, nos abrazamos y sin más nos fuimos a comer. Durante la comida la coversación fue ligera, nada de profundidades, sólo hablamos de nuestros trabajos y nuestros proyectos. Yo necesitaba privacidad para platicarle y preguntarle cosas, "mis" cosas, así que lo invité a ir a mi casa. En ese tiempo vivía por Santo Domingo, en aquel departamento del quinto piso con extraordinaria luz y mejor vista. Llegamos a casa, se sentó en la sala mirando hacia la ventana y yo mirando hacia la puerta. Ya en ese momento hablaba poco, sólo con monosílabos o frases cortas.
Y empezó el interrogatorio…
   ¿qué tal tu matrimonio? Y sólo asentía con movimientos de cabeza expresiones cuya lectura podían ser: “bien”, “va”, “qué te puedo decir”, …
   ¿eres feliz…? Y de nuevo movimientos de cabeza…
A esas alturas y al ver su mirada lejana, ausente, de mí, —él tenía una mirada para mi, esa mirada ya no estaba en sus ojos, ya no existía, era una mirada tan transparente que siempre me decía su humor, su miedo, su amor, su enojo— empecé a sentir punzaditas en el pecho-corazón, luego empecé a sentir cómo se me cerraba la garganta, pero seguí preguntando, y después de hablar y preguntarle sobre la posibilidad de regresar, por la remota posibilidad de estar juntos de nuevo y no encontrar respuesta, sentí una sutil pero profunda punzadita en mi pecho-corazón, la sangre se empezó a helar, era un abismo el que había entre nosotros, pero seguí …
   ¿ya no me amas? Y el silencio llego…
   ¿qué fue de nuestro amor? ¿de verdad ya no hay nada? Y el silencio continúo...
Encogió los hombros, me volteó a ver, apago su cigarro y luego miró hacia el infinito…
Las respuestas de nada, nada ya no hay nada, fueron tan contundentes. Las punzadita en mi pecho-corazón, y ahora mi sangre caliente, hacían que mi voz se empezará a quebrar y mis ojos a inundarse. Sentí como si algo por dentro se me partiera, la mente —cabeza— la sentía pesada, se me nubló la vista y sentí como si algo me estrangulara, ya la garganta y las manos estaban tensas.  
Ya me costaba trabajo que las palabras salieran y los ojos terminaron por inundarse, hasta que al final se derramaron, y a pesar de haberme prometido no llorar, menos frente a él, pus lloré y le dije:
   pero que conste, aquí frente a Dios, y miré una cruz de barro que tenía de frente, que hice lo posible para “rescatar” algo, ¿si algo había?, pero ya veo que no…
Y luego agregué:
   ¿pero sabes…?, estoy segura que algo muy bueno, muy bueno, me está esperando allá adelante. Diosito me tiene guardado algo por allá adelante. No sé qué sea, pero me lo tienen guardado y es muy bueno, porque ya pagué por adelantado. Te deseo que seas feliz, lo mereces, que Dios te bendiga…
No había terminado de decir eso, cuando él me miro con unos ojos que sintetizaban una compasión infinita y un dolor inmenso, por él y por mí, guardo silencio y se fue.
Me quedé sentada en la sala y seguí llorando, pero llego un momento en que sentí que la casa me ahogaba, tuve que salir y sólo me quedé sentada en el escalón de la puerta, mirando las escaleras por donde él se había ido.
Respiré, respiré, respiré, pero también seguí llorando en silencio por un largo rato, ya repuesta, entré a la casa, la miré, me miré y miré a Antonio partir —digo, traía a mi mente el recuerdo de su partida— y sentí como si el pecho me fuera a estallar y ahora llore a gritos ahogados su ausencia, mi dolor, mi soledad.
Ya no fumaba, pero prendí un cigarro, me supo a madres y lo apagué, y mejor seguí llorando. Después de un rato sentí que mis ojos ya no podían llorar más, me dolía la cabeza, sentía nauseas, fui al baño y me miré al espejo. La imagen que vi de mi en ese espejo, no la voy a olvidar nunca: era la imagen de una alma en pena, de verdad, era como la imagen de un ser que no era yo.
Me dio tanta pena verme, pero me seguí mirando en el espejo, me miré a los ojos y me pude ver y sentir hacia dentro: la prolongada punzadita en mi pecho-corazón, el nudo en mi garganta, el ardor e hinchazón en mis ojos, mi sangre pesada y la densidad de mis pensamientos y sentimientos… era demasiado.
Verme así fue terrible, patético, lastimoso, espantoso. Abrí la llave del agua, sentí y miré correr el agua entre mis dedos, y mojé mi cara y pensé:
   Puedo tomar el agua, verme al espejo, estar de pie ¡en realidad estoy bien!
Pensé en mí, en mi persona —cuerpo físico, pues, pero pensé en eso— y eso me trajo al presente.
   No pus sí, la verdad es que, en esencia, estoy bien!
Y asentía con la cabeza y me volví a ver al espejo, y me dije, hasta en voz alta:  
   ¡Estoy bien!, ¡no estoy enferma!, ¡estoy sana!! ¡estoy bien!
Y pensé, ahora, en la respiración, más bien empecé a tener conciencia, nuevamente, sobre mi respirar, pero luego nuevamente atraje a mi cabezota el pensamiento, el recuerdo, de Antonio ahhh!! ayyy!! auuuch!! Las lágrimas nuevamente corrieron por mi cara y el corazón se volvió a agitar y de nuevo el nudo en la garganta, y vas de nuevo a sentir feo, pero luego volví a pensar en esto:
   Estoy parada frente al espejo, puedo pensar, puedo lavarme la cara, ¡no pues la verdad, la verdad,… lo que es la verdad: es que estoy bien!
Y hasta fui capaz de sonreír, ¡porque me burle de mí! y pensé
   ¿puedo seguir trayendo la avalancha de cosas tristes a mi mente o dejar todo eso y sólo ver y pensar en cosas simples, estoy bien y sí sigo llorando los ojos se me pondrán de sapo y mañana me voy a ver muy fea
Y  me volví a reír de mí.
   Puedo observar cómo es respirar, ya sé cómo se hace, lo hago a cada ratito en mis clases de yoga.
   Puedo observar qué estoy pensando, también ya sé cómo se hace y sin dar otro contenido que ese, ver que pasa por mi cabezota.
Entonces dije:
   CARAJO SI TODO ES COSA DE LA MENTE Y ESA LA MANEJO YO,… es lo único que “manejo”, tengo de dos: sigo sintiendo feo o pienso en lo que tengo ahora.
La decisión fue sencilla: ¡no pus de mensa! En ese momento decidí seguir pensando en cosas más sencillas y así calmar mi llanto y limpiar mi mente de la ausencia de Antonio. Total hasta antes de esa cita ya ni estaba, pero esa fue otra reflexión que hice después, durante los siguientes meses.
Me sentía tan cansada, pero seguía pensando en esa cosa casi “mágica” del juego de la mente y sus pensamientos, para luego preguntarme ¿cómo he estado tanto tiempo con eso? Todo es cuestión de que yo decida que hago con mis pensamientos, eso es lo único que controlo.
Pensé: ¡No puedo evitar que Antonio se vaya, ni mucho menos que me deje de amar, no puedo controlar nada de eso, ya que no depende de mí, pero sí puedo decidir qué pensar y qué traer a mi mente!
Ahora sé que fue lo hice en ese momento, los budistas hablan de muchas de esas cosas: observación, encontrar la fuente del dolor, observar la fuerte de dolor y separarse de ella, estar en el momento presente, en fin. Todo eso tiene nombre y diversas explicaciones, ahora lo sé —bueno, digamos que soy más consciente de esas cosas y agreguemos que sé un poquitín más, aunque me falta tanto por aprender—.
En esos momentos no sabía nada de budísmo, ese día era una cuestión de sobrevivencia, porque ya no soportaba tanto dolor y sufrimiento. Y mira que ya sabía de dolor...!! Sí que lo sabía, sí que lo supe y desde muy pequeña por cosas que ahora no voy a contarte.
Después de ese encuentro con el dolor, leí cosas de autoayuda —desde Jorge Bucay, pasando por Dalai Lama—, asistí a cursos, continúe con el yoga, empecé a meditar, fui a clases de baile y tuve mi largo duelo.
Ahora “sé” otras cosas, como la necesidad de estar rodeada de cosas buenas, positivas, de personas sanas, de tener actitud positiva y todas esas que complementan el estar bien.
En resumen, de lo que se trata es estar bien al día, alejar lo que uno no quiere, lo que no necesita. En mi caso, el dolor inmenso que me produjeron las ausencias, porque con Antonio eran muchas ausencias: del compañero, del hombre, del amigo, del protector, del amoroso, del amor, del sexo, de la pasión, de la imaginación, de los sueños, del proyecto de vida, de la comprensión y hasta la idea de tener un hijo —con él con el único que pensé en la posibilidad de tener un hijo—, uy cuántas cosas…! Eran muchos duelos, por eso pasaron muchos años antes de poder “salir” con alguien más. Así, es respeté con mucha devoción ese duelo.
Después vinieron más cosas: asumir y cerrar ese ciclo de aceptación hasta poder decir: "ya no está conmigo, estoy bien y con lo que tengo soy feliz".
Se trata, también, de atraer hacia uno las cosas sencillas de la vida y a veces empezar a disfrutar lo que se tiene. En mi caso: disfrutar mi vida y mi casa en el Centro Histórico, algo que no había hecho porque él no estaba.
Luego ayuda describir lo magnifica que es una! y tal vez plasmarlo en una hoja blanca: hacer el listado más grande y amoroso de las cosas buenas, de las cualidades y los talentos que una tiene y quedarse con eso para dormir, despertar, trabajar y estar en esta vida. Y de lo demás, el dolor y las otras cosas, no hablamos por el momento.
En fin, todo esto para decirte que tu y que yo, y que todos los seres de este planeta decidimos que queremos hacer con nuestras emociones y nada me lo ha dejado tan claro como aquello que dice: “todo lo que somos es el resultado de lo que pensamos” (Siddhārtha Gautama, alias Buda).
Te quiero.
Ojalá esta historia de dolor y otras cosas te ayude.
Que estés bien.
Un gran abrazo.
Angélica

jueves, 22 de diciembre de 2011

Del arte de amar

Ayer contaba a Rossio y a Gaby de un buen amor e imagínense qué cara y qué voz tendría que rápidamente Rossio saca de su bolsa un librito de Octavio Paz y me invita a leer el siguiente poema, así que aquí se los dejo.

CARTA DE CREENCIA CANTANTA

[…]
            3
Amor, isla sin horas,
isla rodeada de tiempo,
                                            claridad
sitiada de noche.
                                Caer
es regresar,
                        caer es subir.
Amar es tener ojos en las yemas,
palpar el nudo en que se anudan
quietud y movimiento.
                                          El arte de amar
¿es arte de morir?
                                  Amar
es morir y revivir y remorir:
es la vivacidad.
                            Te quiero
porque yo soy mortal
y tú lo eres.
                        El placer hiere,
la herida florece.
En el jardín de las caricias
corté la flor de sangre
para adornar tu pelo.
La flor se volvió palabra.
La palabra arde en mi memoria.

Amor:
              reconciliación con el Gran todo
y con los otros,
                              los diminutos todos
innumerables.
                            Volver al día del comienzo.
Al día de hoy.

La tarde se ha ido a pique.
Lámparas y reflectores
perforan la noche.
                                  Yo escribo:
hablo contigo:
                            hablo conmigo.
Con palabras de agua, llama, aire y tierra
inventamos el jardín de las miradas.
Miranda y Fernand se miran,
interminablemente, en los ojos
—hasta petrificarse.
                                      Una manera de morir
como las otras.
                              En la altura
las constelaciones escriben siempre
la misma palabra;
                                  nosotros,
aquí abajo, escribimos
nuestros nombres mortales.
                                                    La pareja
es pareja porque no tiene Edén.
Somos los expulsados del Jardín,
estamos condenados a inventarlo
y cultivar sus flores delirantes,
joyas vivas que cortamos
para adornar un cuello.
                                            Estamos condenados
a dejar el Jardín:
                                delante de nosotros
está el mundo.

                                  Coda
Tal vez amar es aprender
a caminar por este mundo.
Aprender a quedarnos quietos
como el tilo y la encina de la fábula.
Aprender a mirar.
Tu mirada es sembradora.
Plantó un árbol.
                              Yo hablo
porque tú meces los follajes.

Octavio Paz
http://www.poesi.as/op17058.htm
           

Nota 1. Contexto del Manual de Seguridad Universitaria 2021

Contexto.  La primera versión de Manual de Seguridad para Instituciones de Educación Superior se publicó en 2011 y la segunda versión salió...